People at a Protest at Night

Disparar a los ojos: el castigo de ver (Columna de opinión)

Sala(s) de discusión: Ciudadanía y participación democrática

Facultad(es): Ciencias Sociales y Humanas

Programa(s): Sociología

TEMA

ESTRUCTURA DE LA PROPUESTA

MEMORIAS

Tipo de publicación: Artículo de blog

Disparar a los ojos: el castigo de ver

Por: Daniela Garzón Montenegro

Estudiante sociología, FUAA

Durante el estallido social colombiano de 2021, las balas no siempre buscaron cuerpos. Pues muchas apuntaron directamente a los ojos. En ciudades como Cali, Bogotá y Medellín, decenas de jóvenes perdieron la visión parcial o total por impactos de proyectiles disparados por la Fuerza Pública. No es un dato menor ni una consecuencia accidental del descontrol. Apuntar a los ojos fue un acto deliberado, una forma de censura corporal. Un intento brutal por apagar miradas, por impedir que se viera, se grabara, se recordara. Así, en un país donde la memoria incomoda y la verdad se silencia, disparar a los ojos (más que violencia) fue un símbolo.

¿Qué significa, en términos políticos y simbólicos, cegar a los manifestantes? Desde una perspectiva anatómica, el ojo es un órgano sensorial complejo, especializado en captar la luz y convertirla en señales electroquímicas que el cerebro interpreta como imágenes. Sin embargo, más allá de su función biológica, el ojo representa algo más profundo: es el órgano del testigo. En este sentido, ver es dar fe, construir evidencia, hacer memoria. Además, mirar puede convertirse en un acto político. Implica exponerse, incomodar, confrontar aquello que muchos prefieren ignorar. Por esta razón, los jóvenes que salieron a las calles durante ese paro no solo gritaban consignas: también miraban al Estado, lo interpelaban con su sola presencia, documentaban la violencia con sus celulares y denunciaban lo que ocurría en tiempo real. En otras palabras, reclamaban, con la mirada, una dignidad largamente negada. Eran ojos abiertos, miradas activas, profundamente incómodas para el poder. Y por eso, precisamente, les dispararon.

Organizaciones como Temblores ONG, Indepaz y la Campaña Defender la Libertad reportaron múltiples casos de lesiones oculares graves durante el estallido. En muchos de estos casos, la trayectoria del disparo revela una clara intencionalidad: disparos dirigidos al rostro, desde corta distancia. Por lo tanto, no se trató solo de disuasión, sino también de castigo. Como si ver la violencia fuera, en sí mismo, un delito. Como si registrar los abusos, exponerlos y compartirlos se convirtiera en una amenaza para el relato oficial. Y es que eso eran: amenazas para la narrativa que intentaba mostrar a los manifestantes como vándalos, a las protestas como desorden y al inconformismo como terrorismo.

Así, este fenómeno puede denominarse como una forma de represión visual, la cual no solo se ejerció mediante el uso de armas, sino también a través de noticias manipuladas, imágenes omitidas y titulares ambiguos. Sin embargo, el acto de disparar directamente a los ojos lo sintetiza todo. Es la expresión más brutal y directa de un mensaje claro: no queremos que veas, no queremos que cuentes, no queremos que recuerdes. En otras palabras, se trata de una forma literal de imponer la ceguera, de arrancar el derecho a mirar y, por lo tanto, de impedir la posibilidad de entender, denunciar y resistir.

Muchos de los jóvenes afectados pertenecían a lo que podríamos llamar una “generación testigo”, es decir, una generación que creció con cámaras en las manos y con acceso a la información como nunca antes en la historia del país. Además, aprendió a usar las redes sociales no solo como medio de entretenimiento, sino también como una herramienta política. Puesto que sabía grabar, editar, viralizar contenidos y, sobre todo, comprendía el poder de la imagen. Por ello, a esa generación se le intentó cegar. Porque, precisamente, sabía ver demasiado.

¿Y qué es lo que veían esos ojos que incomodaba tanto? Veían el desempleo, la pobreza, la falta de oportunidades. Veían la corrupción, la represión, la negligencia estatal frente a la pandemia. Veían cómo se criminalizaba la protesta y se ignoraban las causas del descontento. Veían cómo se les ofrecía violencia en vez de diálogo. Y no solo lo veían, también lo mostraban. Grababan las detenciones arbitrarias, las golpizas, las desapariciones. Además subían historias en redes sociales y hacían transmisiones en vivo. De ahí que, en un país donde la verdad siempre ha sido negociada, esa visibilidad era insostenible.

Por eso no sorprende que las Primeras Líneas (esas formaciones espontáneas de jóvenes con escudos artesanales que luchaban por el cambio) defendieran no solo los cuerpos, sino también los ojos. De hecho, en muchos videos puede verse a los manifestantes cubriéndose el rostro con máscaras de gas, gafas de soldador y cascos. Lo hacían no solo como medida de protección física, sino también para preservar su capacidad de seguir mirando, de continuar siendo testigos activos de lo que ocurría. En este contexto, perder un ojo en esas protestas no solo constituía una herida física: era, sobre todo, una advertencia política.

Frente a esta violencia, la respuesta institucional fue tibia. Las investigaciones avanzaron lentamente, cuando no fueron archivadas. Los responsables directos, en su mayoría, no enfrentaron consecuencias. Y las víctimas, además de perder la visión, tuvieron que enfrentar el abandono, la revictimización y la invisibilización. Irónicamente, se volvió común ver a los jóvenes que perdieron un ojo hablando en redes, en foros, en entrevistas, para decirnos exactamente lo que no querían que vieran: que siguen ahí, que siguen mirando, aunque sea desde un solo ojo.

Por ende, disparar a los ojos es, sin duda, un acto de brutalidad, pero también de desesperación. Y es que quien teme a la mirada del otro, generalmente, es quien tiene algo que ocultar. En este sentido, el estallido social dejó al desnudo muchas de las realidades que el poder prefería mantener ocultas. Por ello, quienes aún conservamos la capacidad de ver, debemos mirar con más fuerza. Mirar por quienes ya no pueden hacerlo, por quienes quisieron ser silenciados. Porque, en Colombia, mirar es resistir, y resistir, a su vez, es una forma de mantener viva la memoria.

Este acto de represión ocular no fue solo una forma de mutilación física, sino también un intento simbólico por controlar la narrativa. En un país acostumbrado a borrar a sus víctimas o a convertirlas en cifras, la imagen del joven con un parche en el ojo se volvió un ícono que interpela. Cada herida ocular es también una ventana a lo que quisieron tapar: la desigualdad, la rabia contenida, la juventud marginada. Cegar a alguien es, en cierta forma, despojarlo del derecho a interpretar el mundo. Y eso, en un contexto de protesta, es despojarlo del derecho a comprender su historia y exigir un lugar en ella.

Por eso, cada vez que veamos una fotografía de uno de estos jóvenes, no deberíamos sentir solo tristeza o indignación. Deberíamos ver en ellos el símbolo de un país que aún se resiste a callar. De una generación que, aunque herida, sigue observando con lucidez. Porque no todos los ojos necesitan estar intactos para ver con claridad. A veces, perder un ojo se convierte en la forma más radical de empezar a mirar distinto.

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